Madre Tierra
El concepto de una tierra femenina orgánica (“Madre tierra”) es fundamental en las sociedades indígenas y también es la diferencia básica entre indígenas y sociedades tecnológicas. Creer que la tierra está viva lleva a una visión del mundo completamente distinta de la que surge cuando uno concibe al planeta y a los seres vivos como “materias primas” al servicio del ser humano.
Algunos investigadores afirman que las sociedades occidentales temen, detestan, destruyen y también reverencian a los indígenas precisamente porque expresan aquellos aspectos psicológicos personales y culturales que tenemos que reprimir para actuar en el mundo como lo hacemos. ¿Cómo podría existir hoy la “civilización occidental” tal como es si un gran número de sus ciudadanos creyera que los minerales, los árboles y las piedras están vivos? ¿Y no sólo que están vivos, sino que son nuestros iguales? Nuestra sociedad desaparecería si de pronto creyera que es sacrílego extraer los minerales de la tierra o comprar y vender terrenos.
Por tanto, parece lógico y normal que los “occidentales” consideremos inadecuados y absurdos los sistemas filosóficos, políticos y económicos de las culturas indígenas, ya que en esencia representan precisamente todo aquello que la civilización moderna ha hecho desaparecer: la naturaleza salvaje, la vida comunal y la ayuda mutua, el clan, etc.…
Sin embargo, el grave deterioro que ha sufrido el medioambiente a lo largo del último siglo nos obliga a volver la vista atrás. Ya no por un “romanticismo” del paraíso perdido, sino porque nuestra supervivencia a corto plazo depende de ello. Y he aquí dos formas de enfrentarse a la situación: la de los occidentales que gira en torno a “la lucha contra el cambio climático” y el “desarrollo sostenible”; y la de los pueblos indígenas que nos hablan del “respeto hacia la madre tierra”.
Aunque en principio parezca que no hay gran diferencia entre ambas, existe un matiz fundamental: la sociedad occidental quiere preservar la naturaleza porque ha comprendido que es imprescindible para su propia supervivencia, pero en general, la sigue percibiendo como algo externo al propio ser humano.
En el otro lado, los pueblos indígenas se sienten parte de la naturaleza, ni más ni menos que otros seres vivos, pero igual de importantes. Su forma de entender el mundo tiene como pilar fundamental el respeto hacia la madre tierra, no ahora debido al cambio climático, sino desde hace milenios, desde su origen. Ellos conservan todavía tradiciones milenarias que les han permitido conservar la armonía en su comunidad y en los territorios que habitan. En aquellos lugares donde todavía no ha llegado la sociedad industrial, su ecosistema permanece sin variaciones sustanciales durante miles de años. Algo tendremos que aprender pues los occidentales de estos pueblos milenarios.